SOBRE LA CURADORA, EVENTO PICTÓRICO
DE SAÚL VILLA EN FRONTGROUND
DE SAÚL VILLA EN FRONTGROUND
Luis Rius Caso
Ver y ser visto; ver la escena y estar en escena; valorar con la mirada y ser valorado por la mirada de los otros. Como en el teatro del pensamiento, como en diversas fantasías, imaginándose en espectáculo. El proceso de inversiones que propone Saúl Villa comprende los dos extremos fundamentales del proceso creativo, e involucra al público en el mismo plano de protagonismo. El público, ese testigo, censor o sinodal, que en presencia (o a veces en ausencia) puede cumplir pasivamente con su papel o también puede, felizmente, añadir ese plus no contemplado por el artista al producir su obra, según lo advirtió en célebre texto Marcel Duchamp.
En esta mascarada estamos invitados a cumplir y al mismo tiempo a superar ese rol de espectadores que nos impone la industria cultural, para darle la vuelta al proceso y con ello devenir curadores (acaso también artistas) que montan en la escena de su mente a los modelos que hacen posible la creación: el artista y el curador. También para devenir, ungidos por la máscara, objetos observados, réplicas efímeras de alguien que a su vez es una réplica de una obra permanente que se devela al fondo, al final de la galería.
Ser espectadores y a la vez obras y a la vez curadores, en un festín de réplicas que a fuerza de repetirse las mismas, nos van develando una fuerte sospecha de mismidad, de extensión del ser y del hacer de este pintor que se complace en observarnos observar a la curadora Lorena Wolffer, y en advertir las miradas que ella nos regresa. Entre miradas de ida y vuelta, por un rato todos somos todo y todos somos una obra del pintor.
Con esta fina perversión, que involucrará a varios de los curadores de su obra, Saúl Villa ingresa con originalidad contemporánea al catálogo de artistas y autores que a lo largo del tiempo han convertido en obra o en ficción a críticos y curadores, a veces por venganza, a veces por placer intelectual, como en este caso.
Recordemos por ejemplo a comisarios y críticos de arte que el escritor Georges Simenon involucraba en horribles crímenes que descubría el infalible oficial Maigret. O también a aquel crítico que Vladimir Nabokov deja ciego mientras su joven novia lo traiciona, en Susurros en la oscuridad.
Nadie se disfraza de algo peor que de sí mismo, nos dice Salvador Elizondo en su teoría del disfraz, y aquí, en este juego de complicidades, a todos nos complacerá ser réplicas de la réplica de Lorena Wolffer, a la vez que reinventarnos entre nosotros con una novedad tan ficticia como fugaz y sorprendente, como es el arte.